Consolar al triste

“Bienaventurados los que lloran, porque serán consolados” (Mateo  5,5).

consolar

¡Cada una de las obras de misericordia nos interpela! No se trata de ideas o reflexiones que hay que interpretar, sino de modos muy concretos de vivir el nuevo mandamiento del Señor.

Vivir las obras de misericordia no es tan complicado. Si quieres vivir la de “visitar a los enfermos” sólo tienes que pensar en una persona que conozcas y que esté enferma e irla a visitar. Si quieres vivir la de “rezar a Dios por los vivos y por los difuntos” sólo tienes que ponerte brevemente de rodillas y hacer una oración por ellos.

Cuando llegamos a la obra de misericordia “consolar al triste” la cosa se complica un poco. No se trata sólo de buscar a una persona que esté triste y darle un poco de consuelo. Se trata, en primer lugar, de entender quién es una persona triste; y en segundo lugar, de aprender a consolar.  Aprendamos  de Aquel que siempre nos ha consolado.

En efecto, Dios consuela a su pueblo con la bondad de un pastor, el afecto de un padre, el ardor de un novio y de un esposo (cf. Is 54) y con la ternura de una madre (cf. Is 49,14s). Y por esto ha llegado a su pueblo su promesa  (cf Sal 119,50), su amor (cf. Sal 119, 76), la Ley, los profetas y las Escrituras que le posibilitan superar el desconsuelo y vivir en la esperanza.

Jesús es anunciado como “Consuelo de Israel” (Lc 2,25) y reconocido como “Consolador” (1Jn 2,1), proclama “Bienaventurados los que lloran, porque serán consolados” (Mt 5,5). También, da coraje a los abrumados por sus pecados o por la enfermedad que es su signo (cf. Mt 9,2.22) y ofrece alivio a todos aquellos que están cansados y agobiados (cf. Mt 11,28-30).

Pablo, por su parte, esboza las bases de una teología cristiana de la consolación en su presentación a la carta segunda a los Corintios así: “¡Bendito sea Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, Padre de las misericordias y Dios de todo consuelo, que nos consuela en cualquier tribulación hasta el punto de poder consolar nosotros a los demás, mediante el consuelo con que nosotros mismos somos consolados por Dios” (2 Cor 1,3-5).

Pablo también nos recuerda que Cristo es la fuente de toda consolación y que en la Iglesia la función “consoladora” es esencial ya que atestigua que Dios consuela permanentemente a los pobres y afligidos (cf. 1 Cor 14,3).

Es significativo que en el Apocalipsis se presente la imagen conmovedora de un cielo nuevo y una tierra nueva en la que el consuelo máximo será que “Dios enjugará toda lágrima” (Ap 7,17) ya que ”no habrá muerte, ni duelo, ni llanto, ni dolor, porque lo primero ha desaparecido” (Ap 21,4).

Pero y ahora… ¿Quiénes son los tristes? ¿Acaso son los que encontramos en las cárceles o en los hospitales, o pidiendo limosna en las calles? No necesariamente. Puede haber presos que viven con más alegría que los libres; enfermos que esbozan una sonrisa más amplia que los sanos; y pordioseros que son más felices que los ricos.

Los tristes somos todos los hombres. No se trata de ser pesimistas, sino de reconocer una verdad: cada ser humano tiene sus luchas, sus dificultades, sus tristezas. Intenta persar en una persona para la cual todo sea alegría, todo sea gozo, todo sea felicidad. No la hallarás. Atravesar por momentos tristes en la vida es parte de la existencia humana.

Esta obra de misericordia es más profunda de lo que parece. Se trata de reconocer en cada ser humano la necesidad de consuelo, de cercanía, de una mano que te dé palmaditas en la espalda y te diga “¡Ánimo, tú puedes!” cuando ya no puedes más.

Pero… Si todo ser humano tiene necesidad de consuelo, y entre ellos tú, ¿por qué debería yo buscar consolar, si yo mismo tengo necesidad de recibirlo? La respuesta es simple: esto es lo que quiere Dios para nuestra vida. En esto consiste el arte de vivir; en que mientras tú tienes heridas por sanar te dedicas a curar las heridas de los que te rodean.

Todo ser humano tiene necesidad de consuelo, sobre todo cuando se está atravesando por una especial dificultad; de modo que todos estamos llamados a ser al mismo tiempo consoladores y consolados.

Y ¿cómo hacerlo? Consolar no siempre consiste en escuchar los problemas de otro y después decirle: “No te preocupes… Verás que todo se solucionará…” Este es el modo más típico de consolar, pero no es el único. Una adolescente puso en su perfil de Facebook: No soporto a los amigos que me dicen “todo va a estar bien” Prefiero a aquel que mientras me abraza me susurra al oído “todo es un asco… pero yo me quedo a tu lado”. Esto también es consolar.

Esta podría ser una bella definición: consolar es saber ofrecer el gesto humano que el otro más necesita. Uno de los mejores modos de consolar es hacer reír; arrancarle una sonrisa al que lleva tiempo probando solo la amargura. Consolar es ser ocurrente para ofrecer al otro el gesto humano que más le ayuda.

Había una vez un hombre que tocaba el arpa extraordinariamente bien. Era un músico profesional, habituado a la fama, a los aplausos y a las ovaciones. Sin embargo este hombre los domingos por la noche hacía algo increíble; se vestía con ropa común, tomaba su arpa y se iba a tocar a la calle.

Había encontrado un lugar por donde pasaban cientos de jóvenes que regresaban a sus casas después de haber pasado horas en las discotecas y el los antros. Lo que motivó a aquel hombre a hacer esto fue que una vez pasó por allí a altas horas de la noche y le sorprendió ver tantos rostros deshumanizados. Sus facciones clamaban a gritos el hastío por la vida. Entonces tuvo la brillante idea de ir a tocar el arpa a ese lugar, el mismo día de la semana y a la misma hora.

El arpista contaba que muchos jóvenes, después de haber estado expuestos  por horas a un ruido ensordecedor y de haber consumido desmesuradamente alcohol o drogas, se quedaban allí como hipnotizados. En esas ocasiones su música tenía una utilidad terapéutica. Muchos se sentaban frente a él y dejaban pasar las horas, mientras el único ruido que interrumpía el silencio de la noche era el sonido armonioso de su arpa. Un día incluso se le acercó un joven, le tomó del brazo y le dijo: “Antes de entrar en esta calle había tomado la firme resolución de suicidarme. Gracias por haberme ayudado con tu música a redescubrir que mi vida tiene sentido”.

El que está familiarizado con los escritos de los santos sabrá que sólo hay un modo de concluir una reflexión sobre el consuelo. Esta es la célebre oración atribuida a San Francisco de Asís, aunque en realidad fue escrita en 1912:  ¡Oh Señor, hazme un instrumento de tu paz…Oh maestro, haced que yo no busque tanto el ser consolado, sino consolar; ser comprendido, sino comprender; ser amado, sino amar. Porque es dando que se recibe; perdonando que se es perdonado y muriendo que se resucita a la vida eterna.

Es el Sacramento de la Confesión el que nos enseña y nos impulsa a perdonar de todo corazón como Dios nos perdona. Y este año en Comunidad remarcaremos esto en la Jornada de “24horas para el Señor” en comunión con el Papa Francisco e Iglesias del mundo entero. Una Jornada que nos invitará a dedicar ese tiempo a reconocernos pecadores, pero sobretodo amados y perdonados por Dios, es decir, un tiempo para amar y sentirnos amados.

También el Señor nos invita a hacer lo mismo con los demás, sea quien sea.

Además la Semana Santa también es invitación y fuerza para vivir esta obra de misericordia. El signo más importante del amor misericordioso que Dios nos tiene es la Cruz. Esa Cruz que se convierte en servicio en la última Cena, en signo de Perdón en el Viernes Santo y signo de victoria sobre la muerte en la noche de Resurrección. La Cruz es la escuela por excelencia donde aprendemos a amar y a perdonar sin límites.

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