Misericordia e Iglesia

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El Jubileo lleva también consigo la referencia a la indulgencia. En el Año Santo de la Misericordia ella adquiere una relevancia particular. El perdón de Dios por nuestros pecados no conoce límites. En la muerte y resurrección de Jesucristo, Dios hace evidente este amor que es capaz incluso de destruir el pecado de los hombres.

Dejarse reconciliar con Dios es posible por medio del misterio pascual y de la mediación de la Iglesia. Así, entonces, Dios está siempre disponible al perdón y nunca se cansa de ofrecerlo de manera siempre nueva e inesperada. Todsos nosotros, sin embargo, vivimos la experiencia del pecado. Sabemos que estamos llamado a la perfección pero sentimos fuerte el peso del pecado.

Mientras percibimos la potencia de la gracia que nos transforma, experimentamos también la fuerza del pecado que nos condiciona. No obstante el perdón, llevamos en nuestra vida las contraddiciones que son consecuencia de nuestros pecados. En el sacramento de la Reconcicliación, Dios perdona los pecados, que realmente quedan cancelados; y sin embargo, la huella negativa que los pecados tienen en nuestros comportamientos y en nuestros pensamientos permanece.

La Misericordia de Dios es incluso más fuerte que esto. Ella se transforma en indulgencia del Padre que a través de la Esposa de Cristo, la Iglesia, aleanza al pecador perdonado y lo libera de todo residuo, consecuensia del pecado, habilitandolo a obrar con caridad, a crecer en el amor más bien que a recaer en el pecado.

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